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Brais Moure alerta sobre la privacidad en ChatGPT y aconseja no introducir datos bancarios, contraseñas ni información confidencial sin precauciones.

La privacidad en ChatGPT y en otras herramientas de inteligencia artificial volvió al debate público tras una advertencia del ingeniero de software y divulgador Brais Moure: antes de introducir datos personales en un asistente, conviene preguntarse si se compartirían con alguien desconocido. El especialista hizo la reflexión durante su participación en The Wild Project, el pódcast de Jordi Wild, retomada por el medio español MeriStation el 27 de octubre de 2026.
En la entrevista, el divulgador explicó que no entregaría a un sistema de IA ciertos datos que tampoco proporcionaría sin motivo a una persona desconocida. Puso como ejemplo información bancaria, incluida una cuenta personal. Su advertencia apunta a la necesidad de evaluar qué se escribe en un servicio digital y qué controles ofrece el proveedor.
Moure aclaró, según la crónica publicada por MeriStation, que su inquietud no consiste en atribuir a la inteligencia artificial una voluntad propia de guardar secretos. Se refiere al recorrido de los datos por servicios y redes, al riesgo general de accesos no autorizados y a la incertidumbre sobre las políticas y prácticas de determinadas plataformas. Su planteamiento es una recomendación de prudencia, no una prueba de que ChatGPT haya filtrado información de sus usuarios.
Las contraseñas, los códigos de verificación, las claves de recuperación y los números completos de tarjetas de pago son datos que no deberían introducirse en conversaciones ordinarias. Su exposición puede facilitar el acceso a cuentas o permitir operaciones no autorizadas. Si una herramienta necesita analizar un documento, lo prudente es eliminar primero secretos y credenciales.
También merecen atención los documentos de identidad, los domicilios particulares, los historiales clínicos, la información de menores y los expedientes legales. No todos los datos tienen el mismo nivel de riesgo, pero su combinación puede permitir identificar a personas o revelar situaciones que no es necesario compartir para obtener una respuesta útil.
En el trabajo profesional, el problema se extiende a bases de clientes, contratos reservados, estrategias empresariales, expedientes laborales y archivos con información de terceros. Antes de subirlos conviene confirmar que se cuenta con autorización y revisar las condiciones de confidencialidad, conservación y uso de datos del servicio seleccionado.
Una medida básica consiste en pedir ayuda con ejemplos ficticios o versiones anonimizadas. Para revisar un presupuesto, por ejemplo, pueden sustituirse los nombres de clientes y las cuentas bancarias por etiquetas descriptivas; para resumir un contrato, pueden ocultarse firmas, domicilios y datos de identificación que no sean relevantes para la tarea.
Es igualmente importante revisar las herramientas de privacidad disponibles, las opciones de conservación del historial y los controles de uso de contenido para mejorar modelos. Esas funciones pueden cambiar entre productos, tipos de cuenta y entornos empresariales, por lo que deben consultarse en la documentación vigente del proveedor y no darse por supuestas.
En ninguna plataforma conviene pegar una contraseña o un código de acceso de un solo uso. Para tareas que involucren documentación especialmente sensible, resulta preferible acudir a herramientas aprobadas por la organización, con controles contractuales, permisos y políticas internas claras.
La privacidad en ChatGPT no puede evaluarse únicamente a partir de una advertencia general. Compartir información en un servicio en línea implica decisiones sobre tratamiento y almacenamiento, pero no significa automáticamente que la conversación sea pública, que otros usuarios puedan verla o que la empresa utilice todos los mensajes para entrenar modelos.
Las políticas dependen de la herramienta, el plan contratado, la configuración y las condiciones aplicables. De ahí la importancia de que cada usuario se informe antes de compartir datos sensibles y de que las empresas establezcan reglas para utilizar inteligencia artificial con información propia o de terceros.
La discusión que abrió Moure trasciende un producto particular. Conforme la IA se integra a estudios, oficinas, medios de comunicación y servicios públicos, la protección de información debe formar parte de la alfabetización digital, al mismo nivel que la verificación de resultados y el conocimiento de los límites de cada sistema.
Una buena práctica es formular preguntas claras sin incluir identificadores que no aporten valor a la respuesta. Así se puede aprovechar la capacidad de síntesis, análisis y redacción de estas herramientas sin trasladar automáticamente información privada al cuadro de conversación.
El mensaje central es preventivo: la inteligencia artificial puede ser una herramienta útil, pero el criterio para decidir qué datos compartir sigue siendo humano. Reducir la exposición innecesaria y comprender las políticas del servicio son pasos concretos para proteger la información personal.
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